La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que el fenómeno de El Niño se ha consolidado y continuará intensificándose durante los próximos meses. Según el organismo de Naciones Unidas, existe una probabilidad cercana al 100 % de que el evento persista hasta febrero de 2027 y se espera que alcance una intensidad muy fuerte hacia finales de este año.
El fenómeno se desarrolla en un momento particularmente importante para la agricultura argentina, coincidiendo con buena parte de la campaña de cultivos estivales. Pero un Niño fuerte no significa simplemente que “va a llover más”.
La propia OMM advierte que la intensidad global del fenómeno no determina por sí sola la magnitud de sus efectos en cada región. Su impacto depende también del momento del año, de la ubicación geográfica y de la interacción con otros factores que condicionan el clima.
Para el productor, entonces, la pregunta no es solamente cuánto puede llover durante la campaña, sino cómo se distribuirá esa lluvia, qué temperaturas se registrarán y si el agua estará disponible cuando el cultivo realmente la necesite.
¿Por qué un fenómeno del Pacífico afecta a la Argentina?
Las imágenes de anomalías de temperatura de la superficie del mar permiten observar con claridad qué está ocurriendo.
Al comparar agosto de 2025 con agosto de 2026 aparece una extensa franja de aguas mucho más cálidas de lo normal sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental.

Anomalías de temperatura de la superficie del mar. Comparación agosto 2025-agosto 2026. Los tonos rojos indican temperaturas superiores al promedio y los azules, inferiores. Fuente: NOAA
A primera vista puede surgir una pregunta: ¿por qué un calentamiento del océano Pacífico a miles de kilómetros puede terminar afectando las lluvias o las temperaturas de un cultivo en Argentina?
Porque El Niño no es solamente un fenómeno oceánico. Es un fenómeno océano-atmósfera. Cuando una superficie tan extensa del Pacífico tropical se calienta por encima de lo normal, cambia la transferencia de calor y humedad desde el océano hacia la atmósfera. También se modifica la ubicación de las grandes áreas de convección y tormentas tropicales.
Y cuando cambia el comportamiento de la atmósfera sobre una región tan extensa, comienzan a modificarse también las grandes circulaciones atmosféricas.
En términos simples, el proceso puede pensarse así:
Pacífico más caliente → cambia dónde asciende el aire → cambian presiones y vientos → se modifica la circulación atmosférica → cambian las trayectorias de los sistemas meteorológicos → cambian las probabilidades de lluvia y temperatura en regiones alejadas.
De esta manera, una anomalía originada en el Pacífico ecuatorial puede alterar la circulación sobre el Pacífico Sur y Sudamérica y modificar las probabilidades de determinadas condiciones meteorológicas sobre Argentina. A este vínculo entre fenómenos climáticos que ocurren en regiones muy distantes se lo denomina teleconexión climática.
Pero hay una distinción fundamental. El Niño no “manda lluvia” desde el Pacífico hacia Córdoba. Lo que hace es modificar la circulación atmosférica y, con ella, aumentar o disminuir las probabilidades de que determinadas condiciones de lluvia y temperatura ocurran en nuestra región. Por eso El Niño modifica probabilidades, pero no determina cómo será el tiempo meteorológico de cada día ni garantiza que llueva regularmente durante toda una campaña.
Qué puede ocurrir en Argentina
Los eventos El Niño suelen modificar los patrones de precipitaciones y temperaturas en buena parte del planeta. Para el sudeste de América del Sur, generalmente aumentan la probabilidad de condiciones más húmedas, aunque sus efectos presentan importantes diferencias regionales y temporales. Para los cultivos, una mayor disponibilidad de agua puede generar condiciones favorables, particularmente después de campañas condicionadas por déficits hídricos. Una buena recarga del perfil y precipitaciones oportunas pueden mejorar considerablemente las perspectivas productivas del maíz, la soja y otros cultivos estivales.
Sin embargo, más precipitación acumulada no necesariamente significa una mejor campaña. Las lluvias pueden distribuirse de manera irregular, alternando períodos de precipitaciones intensas con intervalos secos. También pueden producirse excesos hídricos, anegamientos, dificultades para ingresar a los lotes, problemas de implantación, pérdidas de nutrientes o enfermedades favorecidas por condiciones de elevada humedad. Y, fundamentalmente, puede seguir existiendo déficit hídrico en momentos críticos del cultivo aun cuando la precipitación total de la campaña termine siendo elevada.
No solamente importa la lluvia: también la temperatura
Existe además otra variable que debe ser considerada. El Niño suele estar asociado a un aumento de las temperaturas globales y la OMM prevé para los próximos meses temperaturas superiores a lo normal en gran parte de las superficies terrestres, incluida buena parte de América del Sur.

Esto no significa que El Niño vaya a provocar necesariamente temperaturas extremas en cada región de Argentina. Pero sí aumenta la importancia de considerar conjuntamente precipitaciones y temperatura.
Para un cultivo no importa solamente cuánta agua ingresa al sistema. También importa a qué velocidad la pierde. Temperatura, radiación solar, humedad relativa y viento determinan la demanda atmosférica y condicionan la evapotranspiración del cultivo.
Dos períodos de quince días sin precipitaciones pueden tener consecuencias completamente diferentes si uno ocurre bajo temperaturas moderadas y otro coincide con temperaturas muy elevadas. En el segundo caso, el cultivo puede consumir mucho más rápidamente las reservas de agua almacenadas en el suelo y entrar en estrés antes de que llegue la próxima lluvia.
Por eso, incluso en una campaña que termine acumulando una cantidad importante de precipitaciones, pueden existir períodos en los que el agua disponible resulte insuficiente para satisfacer la demanda del cultivo.
El riego frente a El Niño: no reemplazar la lluvia, sino administrar el riesgo
En una región de agricultura predominantemente de secano, el riego suele asociarse inmediatamente con la sequía. Pero su función puede entenderse de una manera más amplia. El riego suplementario no pretende reemplazar las precipitaciones: permite completar el agua que las lluvias no suministran cuando el cultivo la necesita.

En un año Niño, esto puede significar que un equipo funcione menos horas o aplique menos milímetros que durante una campaña seca. Pero eso no necesariamente disminuye su valor.
Por el contrario, permite utilizar las precipitaciones como principal fuente de agua y disponer del sistema de riego para intervenir cuando aparece un déficit.
Los ensayos de larga duración realizados por INTA Manfredi muestran precisamente este efecto. En 28 años de evaluación, el riego incrementó en promedio los rendimientos respecto del secano alrededor de un 115 % en trigo, 51 % en maíz y 28 % en soja. Pero hay otro resultado quizás tan importante como el aumento del rendimiento promedio: los rendimientos bajo riego fueron más estables entre años. Y allí aparece una de las principales funciones estratégicas del riego.
¿Qué ocurre si además aumenta la demanda de agua?
Frente a períodos de altas temperaturas y elevada demanda atmosférica, el riego permite reponer el agua que el cultivo va extrayendo del suelo y reducir la posibilidad de que ingrese en estrés hídrico. Pero no alcanza simplemente con “tener riego”.
El sistema debe estar correctamente dimensionado para poder acompañar la demanda del cultivo durante los períodos críticos.
Los distintos sistemas también presentan características diferentes. El goteo, particularmente el subterráneo, permite aplicar agua directamente en la zona radicular, con muy bajas pérdidas por evaporación y deriva, y realizar aplicaciones frecuentes y precisas. Los sistemas por aspersión, como los pivotes, permiten también satisfacer la demanda hídrica del cultivo y, al mojar el canopeo, pueden generar durante el riego modificaciones transitorias del microclima alrededor de la planta.
No se trata de determinar en términos generales cuál sistema es “mejor”, sino cuál puede responder adecuadamente a las necesidades del cultivo, las características del suelo y la disponibilidad de agua y energía de cada proyecto.
¿Cuánto puede valer reducir ese riesgo?
La diferencia adquiere otra dimensión cuando se la lleva a números. Tomemos como ejemplo hipotético un establecimiento de 200 hectáreas de maíz.
Supongamos un rendimiento común en secano en la región centro de Córdoba es de 8 toneladas por hectárea. En una campaña favorable, el establecimiento produciría:
8 t/ha × 200 ha = 1.600 toneladas.
Si valorizamos, solamente a efectos del ejemplo, el maíz en USD 180 por tonelada, esa producción representaría un ingreso bruto de: USD 288.000.
Ahora imaginemos una campaña con precipitaciones regulares pero mal distribuidas, combinadas con un período de temperaturas elevadas que generan déficit hídrico durante una etapa crítica.
Si el rendimiento del cultivo de secano descendiera de 8 a 5 toneladas por hectárea, la producción total caería a: 1.000 toneladas, equivalentes a USD 180.000.
La diferencia sería de USD 108.000 de ingreso bruto respecto del escenario de 8 toneladas.
No es una predicción de lo que ocurrirá durante este Niño. Es simplemente un ejemplo que permite dimensionar económicamente cuánto puede significar un déficit hídrico ocurrido en el momento equivocado.
Producir más, pero también reducir la variabilidad
Ahora incorporemos el riego al mismo ejemplo. Supongamos que en esas mismas 200 hectáreas un sistema correctamente diseñado permite alcanzar, en condiciones normales, un rendimiento de 14 toneladas por hectárea.
La producción sería entonces de: 14 t/ha × 200 ha = 2.800 toneladas, con un valor bruto de USD 504.000 al precio utilizado en el ejemplo.
La diferencia respecto de las 8 toneladas del secano sería de 1.200 toneladas, equivalentes a USD 216.000 adicionales de ingreso bruto.
Pero el efecto del riego no debería analizarse solamente por cuánto permite aumentar el rendimiento en un buen año. También importa cuánto puede reducir una caída en un año adverso.
Supongamos que las mismas condiciones que llevan al secano de 8 a 5 toneladas también afectan al cultivo irrigado, pero que la disponibilidad de agua permite sostener un rendimiento de 12 toneladas por hectárea en lugar de las 14 esperadas.

Ejemplo calculado con un precio supuesto de USD 180/t. No contempla costos de producción, energía, infraestructura, amortización ni otros componentes económicos.
En este escenario hipotético, frente a las mismas condiciones climáticas adversas, el secano pierde un 37,5 % de su rendimiento esperado, mientras que el cultivo bajo riego pierde un 14,3 %. Y la diferencia entre obtener 5 toneladas en secano y 12 toneladas bajo riego representa:
7 toneladas por hectárea × 200 hectáreas = 1.400 toneladas.
A USD 180 por tonelada, son USD 252.000 de diferencia de ingreso bruto.
El ejemplo permite visualizar las dos dimensiones económicas del riego: elevar el techo productivo y, al mismo tiempo, levantar el piso.
El riego como herramienta de estabilización
El productor no puede decidir cuánto va a llover, cuándo ocurrirán las precipitaciones ni qué temperaturas se registrarán durante los períodos críticos. Sí puede reducir cuánto depende su producción de esas variables. En campañas secas, el aporte de agua mediante riego puede ser elevado. En campañas húmedas, puede ser muy reducido. Y en campañas con precipitaciones abundantes pero mal distribuidas, puede utilizarse solamente en aquellos momentos en los que el cultivo enfrenta un déficit.
Por eso, incluso frente a un fenómeno de El Niño muy fuerte, la decisión de regar no debería depender exclusivamente del pronóstico estacional. Debería depender del contenido de agua disponible en el suelo, de la demanda atmosférica, de las necesidades y etapa fenológica del cultivo, de las precipitaciones efectivamente ocurridas y de las previsiones meteorológicas de corto plazo.
No se trata de regar más, sino de regar cuando hace falta
Un año Niño incluso puede ofrecer condiciones para utilizar el riego suplementario de manera particularmente eficiente. Si las precipitaciones aportan una parte importante de las necesidades hídricas del cultivo, el sistema solamente debe cubrir el déficit restante. Para hacerlo correctamente es necesario conocer cuánta agua existe en el perfil del suelo y seguir su evolución durante la campaña. Ese seguimiento permite responder una pregunta mucho más útil que “¿estamos en un año Niño?”:
¿Cuánta agua tiene disponible hoy el cultivo, cuál es su demanda y cuánto tiempo puede sostenerla sin nuevas precipitaciones? A partir de allí pueden decidirse los momentos y las láminas de riego.

El Niño no elimina la incertidumbre
El anuncio de un Niño muy fuerte puede mejorar las expectativas de disponibilidad hídrica para parte de la agricultura argentina. Pero no constituye una garantía productiva. La lluvia seguirá teniendo variabilidad espacial y temporal. Algunas zonas podrán recibir excesos mientras otras atraviesen períodos deficitarios. Las temperaturas también tendrán un papel importante en determinar la velocidad con la que los cultivos consuman el agua disponible. Incluso dentro de un mismo establecimiento pueden existir diferencias relacionadas con los suelos, la infiltración, la capacidad de almacenamiento y el estado inicial del perfil.
Por eso, el verdadero desafío no consiste en adivinar cuánto va a llover durante los próximos seis meses. Consiste en estar preparados para administrar el agua disponible durante toda la campaña. En ese contexto, el riego suplementario no compite con la lluvia. La aprovecha, la complementa y permite intervenir justamente cuando no alcanza.
Porque para producir no importa solamente cuánta agua cae. Importa que el cultivo disponga de ella cuando la necesita.
En Regantes brindamos asesoramiento técnico para productores que buscan evaluar la viabilidad del riego, ajustar el manejo o planificar una inversión.

