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Regar una parte para proteger el todo: el riego como seguro productivo de la ganadería

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Recientemente, desde Regantes fuimos invitados al Congreso Argentino de Forrajes para presentar la charla “Impacto del riego en la producción de forrajes”, a cargo del Ing. Agr. Aquiles Salinas. La exposición partió de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es realmente el negocio de regar forrajes?

Aquiles Salinas durante la charla sobre impacto del riego en la producción de forrajes en el Congreso Argentino de Forrajes

La primera respuesta podría ser la más evidente: producir más.

Pero cuando el forraje forma parte de un sistema ganadero o lechero, el análisis no termina en los kilos adicionales de materia seca obtenidos por hectárea. El impacto del agua se transmite al resto de la empresa.

Cuando el forraje no alcanza, toda la empresa se detiene. El problema deja de ser solamente agronómico y pasa a ser económico.

El riesgo no termina en el cultivo

En agricultura, una restricción hídrica puede traducirse directamente en una pérdida de rendimiento. En un sistema ganadero, en cambio, la cadena de consecuencias puede ser bastante más extensa.

Una sequía reduce la producción de pasturas y las futuras reservas. Si falta alimento, puede ser recurrir a disminuir la carga, comprar forraje a precios elevados, modificar anticipadamente la dieta o incluso vender animales en condiciones desfavorables.

Por eso, al analizar económicamente el riego de forrajes, no alcanza con comparar cuánto cuesta aplicar un milímetro de agua contra cuántos kilos adicionales produce ese milímetro.  Hay que preguntarse qué función cumple ese alimento dentro de todo el sistema.

La presentación realizada en el Congreso mostró precisamente esta lógica en sistemas de cría: sequía, falta de pasto, reducción de carga y venta de animales pueden formar parte de una misma secuencia.

Secuencia de sequía, falta de pasto, reducción de carga y venta de animales en un sistema ganadero

Desde esta perspectiva, el riego empieza a adquirir otra función: además de aumentar la producción, puede convertirse en una herramienta para reducir la vulnerabilidad del sistema frente a la variabilidad climática.

No necesariamente hay que regar todo

Uno de los ejemplos presentados permite visualizar con claridad esta idea. En un estudio sobre la potencialidad de incorporar riego en el Campo Anexo de Dean Funes de INTA, se estimó (con la colaboración del Ing. Torcuato Tessi) para este sistema de cría de 200 hectáreas, una situación completamente de secano y otra en la que solamente 20 hectáreas —el 10% de la superficie— incorporaban riego, mientras las restantes 180 hectáreas continuaban en secano. En el primer escenario, la carga estimada era de 100 equivalentes vaca. En el segundo permitiría llegar  132 EV.

Es decir: regar el 10% de la superficie permitía incrementar aproximadamente un 32% la carga del sistema, de acuerdo con los rendimientos utilizados en el ejercicio presentado.

¿Cuánto produce un milímetro de agua?

Hay otra forma de observar el impacto, por cada milímetro de agua que consumen, los cultivos generan distinta cantidad de kg de materia seca, como ejemplo:

  • soja: 6,92 kg/mm;
  • trigo: 11,52 kg/mm;
  • maíz: 22,35 kg/mm;
  • maíz para silo: 45,29 kg de materia seca/mm.

Desde una mirada exclusivamente agronómica, podríamos detener el análisis allí: medir cuántos kilos adicionales permite obtener cada milímetro.

Pero para un productor ganadero o lechero falta todavía una pregunta mucho más importante.

¿Cuánto ingreso extra (U$S) por milímetro regado me da cada producción?

En la disertación se mostró el retorno creciente y positivo con agregado de valor, de el plus que se genera por regar en las distintas actividades.

Gráfico del valor agregado del riego por milímetro en soja, trigo, maíz, ganadería y tambo

La comparación no significa que siempre sea más rentable transformar un cultivo en carne o leche. Cada actividad tiene inversiones, costos, riesgos y estructuras productivas diferentes. Pero sí muestra algo conceptualmente importante:

el valor económico del agua no depende solamente de la respuesta agronómica del cultivo. Depende también de lo que el sistema productivo sea capaz de hacer con esa producción.

Este punto se conecta con algo que ya analizamos en Regantes en Maíz con riego: cuando el mayor costo se convierte en la mayor ventaja: producir más también genera más volumen para cosechar, almacenar y transportar, y por eso el destino de esa producción pasa a formar parte de la decisión económica.

El tambo muestra todavía más claramente el efecto

En los sistemas lecheros esta lógica se vuelve especialmente visible porque la disponibilidad de alimento condiciona directamente la capacidad productiva del establecimiento. La presentación incluyó resultados de sistemas lecheros y del tambo de INTA Manfredi, mostrando cómo el riego modifica tanto la cantidad de alimento producido como la posibilidad de planificar su disponibilidad.

El ejemplo más contundente es en maíz para silo, por ejemplo, donde los rendimientos promedio de 41.000 kg MV/ha bajo riego frente a 19.000 kg/ha en secano, con un incremento acumulado de producción del 108%. Pero lo más importante es que el riego suplementario permitió ejecutar los calendarios planificados, y en una superficie significativamente menor a la que se necesita en secano, se logró cubrir los componentes de la dieta.

Infografía que compara la producción de maíz para silo bajo riego y en secano, con un incremento del 108 por ciento

Ahí aparece otra dimensión del valor del agua: la previsibilidad.

El riego no elimina el riesgo, pero permite gestionarlo

Hablar del riego como un “seguro productivo” no significa afirmar que elimina el riesgo. Un sistema bajo riego sigue dependiendo de la disponibilidad y calidad del agua, la energía, el diseño hidráulico, el manejo agronómico, el suelo, el mantenimiento, los costos y muchas otras variables.

Lo que cambia es que una parte importante del riesgo hídrico deja de depender exclusivamente de cuándo y cuánto llueve. Y eso permite planificar.

En ganadería puede significar disponer de una reserva estratégica de alimento para sostener determinada carga. En un tambo puede permitir programar con mayor certeza la producción de los distintos componentes de la dieta.

Y en producciones forrajeras destinadas a comercialización puede significar además producir con mayor estabilidad y homogeneidad. Este último aspecto lo desarrollamos específicamente en Riego, calidad y mercado: la nueva ecuación de la alfalfa competitiva, donde analizamos cómo el riego puede contribuir no solamente al volumen sino también a la consistencia y al acceso a mercados de mayor valor.

Entonces, ¿cuál es el negocio de regar forrajes?

Quizás la respuesta más importante que dejó la charla en el Congreso Argentino de Forrajes sea que no existe una única forma de medirlo.

Está el incremento de producción, la productividad de cada milímetro aplicado y el valor de transformar esa materia seca en carne o leche. Pero también está algo más difícil de observar en una planilla de rendimiento: el valor de disponer del alimento cuando el sistema lo necesita. Por eso, antes de decidir cuánto regar, puede ser más importante preguntarse qué parte del sistema queremos estabilizar.

En algunos establecimientos, la respuesta económica puede no estar en regar toda la superficie, sino en identificar una superficie estratégica que permita asegurar una determinada cantidad de forraje, sostener la carga y reducir la exposición del conjunto frente a una sequía.

Porque cuando analizamos el riego desde el sistema completo, un milímetro de agua deja de valer solamente por los kilos que produce. También vale por las decisiones que permite tomar y por los riesgos que permite evitar.

Y ahí es donde el riego de forrajes deja de ser solamente una decisión agronómica para convertirse en una decisión estratégica del negocio.

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