En la nota anterior hablamos de un aspecto fundamental del funcionamiento de un pivote central: la uniformidad de aplicación.
Una buena uniformidad permite que el agua se distribuya correctamente sobre la superficie regada y evita que algunos sectores reciban más o menos de lo previsto. Pero corregir la uniformidad no significa que todos los problemas del riego estén resueltos. Hay otro aspecto que muchas veces pasa desapercibido: ¿Qué lamina de riego estamos aplicando al suelo?
Porque un pivote puede tener una excelente uniformidad y, al mismo tiempo, estar aplicando agua a una intensidad superior a la capacidad de infiltración del suelo, y cuando eso ocurre, aparece un nuevo problema: la escorrentía.
Esto se debe a que cada suelo tiene una capacidad de infiltración, que en general, es alta al comienzo del riego (o lluvia) y disminuye a medida que el suelo se humedece, y finalmente se hace constante, llegada esa situación es lo que se denomina infiltración básica, y ésta, cambia por muchos factores como textura, cobertura, manejo, etc,. A modo de ejemplo en la imagen siguiente se observa como varia en el mismo suelo con dos manejos diferentes (Fuente INTA Manfredi).

La lógica es sencilla: si la tasa de aplicación del pivote supera la tasa de infiltración del suelo, comienza a acumularse agua sobre la superficie. Si esa situación se mantiene, el agua comienza a desplazarse superficialmente y aparece la escorrentía.

La curva amarilla representa la tasa de aplicación y la curva azul la capacidad de infiltración del suelo. Mientras la tasa de aplicación se encuentra por debajo de la infiltración, el agua puede ingresar al suelo. Pero cuando ambas curvas se cruzan, la situación cambia. A partir de ese momento, el pivote está aplicando agua en una cantidad superior de la que el suelo puede incorporar. El área que queda entre ambas curvas representa, conceptualmente, el agua con potencial de generar escorrentía.
Así aparece una pérdida que muchas veces no vemos

Cuando se genera escorrentía, el productor ve un simple charco o un hilo de agua desplazándose por el lote. Pero el desangre económico comenzó mucho antes: se gastó energía para bombear y presurizar un agua que, al final, nunca llegó a las raíces del cultivo.
Para dimensionar el problema, debemos dejar de medir el agua en milímetros y empezar a medirla en dólares.
Si tomamos como referencia que aplicar 1 milímetro de lámina tiene un costo operativo aproximado de US$ 1 por hectárea (entre energía y mantenimiento), un milímetro escurrido parece una pérdida insignificante. Sin embargo, la trampa está en la escala. Cuando multiplicamos ese dólar por la superficie total de un pivote central, el impacto cambia drásticamente:
El costo de la escorrentía en un lote de 100 hectáreas:
- Perder 1 mm = US$ 100 arrojados fuera del lote.
- Perder 3 mm = US$ 300 desperdiciados.
- Perder 5 mm = US$ 500 tirados a la basura.
Y atención: esto es por cada evento de riego. Si a lo largo de la campaña el equipo da 10 vueltas bajo estas condiciones, esos 5 mm de escorrentía se transforman en US$ 5.000 de pura pérdida operativa.
Pero la factura final es aún peor. Solo veíamos el costo directo de bombear agua que no se aprovechó. A esto hay que sumarle una serie de costos ocultos y estructurales que también salen de su rentabilidad:
- Lavado de dólares: Fertilizantes y agroquímicos de alto costo que son movilizados y arrastrados fuera del sistema.
- Pérdida del capital: Erosión y pérdida de la capa más fértil del suelo.
- Pérdida de nutrientes vitales para el desarrollo del cultivo.
- Daño físico: Deterioro de la estructura superficial del suelo (planchado), lo que empeorará la infiltración en los riegos siguientes.»
Entonces, ¿cuál es la pluviometría correcta?
No existe un único valor que pueda considerarse correcto para todos los pivotes.
La pluviometría debe analizarse en relación con: suelo + pendiente + estado de humedad + cultivo + sistema de aspersión + presión + velocidad de avance + intensidad de aplicación.
Un suelo arenoso se comporta de manera muy diferente a un suelo pesado. Un suelo seco puede recibir inicialmente una intensidad determinada sin generar problemas y luego cambiar significativamente a medida que se humedece.
Por eso, dimensionar el paquete de aspersores solamente en función del caudal disponible o de la uniformidad no es suficiente. También hay que preguntarse si este suelo infiltrar el agua a la velocidad a la que estamos aplicando.
No es solamente cuánta agua aplicamos. También importa en cuánto tiempo. El mercado ofrece tecnologías que permiten aplicar láminas de riego importantes, pero a menores tasas de aplicación y durante períodos más prolongados. De esta manera, es posible adecuar la intensidad de aplicación a la capacidad de infiltración del suelo y reducir significativamente el riesgo de escorrentía y pérdida de agua. En el siguiente gráfico se muestra cuál sería el comportamiento ideal de la aplicación para evitar estas pérdidas.

En riego, no alcanza con preguntar cuánto agua aplicamos. También hay que preguntarse cuánto de esa agua logró entrar al suelo.
Uniformidad y pluviometría son dos controles diferentes de un mismo objetivo: lograr que cada milímetro aplicado termine donde realmente tiene que estar: en el perfil del suelo y disponible para el cultivo.
En Regantes brindamos asesoramiento técnico para productores que buscan evaluar la viabilidad del riego, ajustar el manejo o planificar una inversión.

